INICIOPARROQUIASDelegacionesCONGREGACIONESMovimientosTODAS LAS NOTICIASFOTOSPeriódico DiocesanoContáctenos
Miércoles, 07 de enero de 2009

 

AGENDA DIOCESANA
Enero 2009 Febrero 2009
Do Lu Ma Mi Ju Vi
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31
AGENDA NACIONAL

Actividades ENERO 2009 Conferencia Episcopal Peruana

 

Obras sociales
AHORA YA ACTUALIZADO!!
Seminario Diocesano
BUSCAR en esta web

  Inicio  
PDF  | Imprimir |
Sunday, 06 de May de 2007
V CONFERENCIA GENERAL
DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO

SÍNTESIS
de las aportaciones recibidas para
la V Conferencia General

PRESENTACIÓN

La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en continuidad con las Conferencias Generales anteriores, es un acontecimiento eclesial de fraterna colegialidad episcopal, cuya preocupación fundamental es la evangelización del Continente. Para dar un nuevo impulso pastoral a la vida y la misión de nuestras Iglesias, S.S. Benedicto XVI tuvo a bien convocar una nueva Conferencia General en Aparecida, Brasil, y entregarles el tema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en él tengan vida, «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6)”. Luego el CELAM, conforme a sus Estatutos (Art. 4, 7), asumió el encargo de preparar este extraordinario evento episcopal.

El primer momento de su preparación consistió en recoger valiosas aportaciones de las Conferencias Episcopales y de diversas reuniones en el ámbito del CELAM sobre el tema del discipulado y la misión, sobre los núcleos temáticos que de allí se desprenden y los resultados del análisis y discernimiento del actual momento histórico. Con ese material se elaboró el Documento de Participación y las Fichas de trabajo, para ofrecerlos como instrumentos que motivaron luego una amplia y activa participación del Pueblo de Dios con la reflexión sobre el tema entregado por el Santo Padre.

El documento y las fichas se enviaron a las Conferencias Episcopales para que éstas los distribuyeran a las Iglesias particulares, organismos episcopales e instituciones católicas. Asimismo, se envió ese material a organismos de nivel continental con alguna vinculación a la Iglesia Católica. A todos ellos se animó a participar y a elaborar aportes al tema. Al mismo tiempo, se realizaron varios seminarios con participación de expertos, y congresos en los que intervinieron miembros de diferentes países de América Latina y del Caribe. Sus resultados ya han sido publicados en su mayor parte y otros están en vías de publicación.

Todos estos encuentros tuvieron como objetivo profundizar el tema del discipulado y la misión desde diversas perspectivas: bíblica, teológica y pastoral; y discernir el profundo cambio cultural que vivimos, a fin de buscar juntos caminos más adecuados para vivir con fidelidad creativa el mensaje del Evangelio y transmitirlo con nuevo ardor misionero.
Durante este período se exhortó a todas las comunidades cristianas de la región y, de un modo muy especial, a todos los monasterios de vida contemplativa, a vivir en clima de fe y oración la preparación de la V Conferencia. En particular, se recomendó que todos los grupos de trabajo iniciaran y finalizaran su tarea con la oración que nos entregó S.S. Benedicto XVI para la V Conferencia General. La oración, la reflexión y la elaboración de aportaciones significó en muchas comunidades un fuerte apoyo y animación para un renovado impulso en el compromiso de vida cristiana y acción misionera.

En el segundo momento de preparación de la V Conferencia se han recogido las contribuciones que llegaron al CELAM, como resultado de un año de intensa labor en el Continente. Se han recibido los aportes de 21 Conferencias Episcopales de la región, de los Departamentos del CELAM, de algunos Dicasterios romanos, de organismos y eventos continentales y otras aportaciones varias. En total, llegaron más de 2.400 páginas con valiosas aportaciones, que enriquecieron la reflexión afrontando algunos grandes temas que no aparecían suficientemente tratados en el Documento de Participación. La Asamblea de Aparecida, movida por el soplo del Espíritu, podrá insistir en otros temas que tal vez no estén presentes con la debida importancia en la presente síntesis.

Los aportes recibidos fueron clasificados temáticamente por el equipo del CELAM. A continuación fueron estudiados por una comisión especial de obispos, teólogos/as, biblistas y pastoralistas, nombrados por la Presidencia del CELAM. Una vez estudiados, fueron la base para redactar el presente documento.

El objetivo de este trabajo es ofrecer una síntesis cualitativa de los aportes recibidos, como resultado de la participación de innumerables comunidades y diócesis, que reflexionaron sobre el tema del discipulado y la misión ante el desafío de la evangelización en el tiempo presente. Es claro, en la actual síntesis no se pretende recoger materialmente todas y cada una de las propuestas que nos han llegado del Continente, sino expresarlas con fidelidad al espíritu en sus aspectos más significativos. En ello reside su valor y en tal sentido lo ofrecemos al participante de la V Conferencia, a fin de que sirva como instrumento cualificado de inspiración y consulta durante las deliberaciones de Aparecida. A esta síntesis se suman diversos subsidios que se publicaron en vista de la preparación de la V Conferencia y se enviaron a todos los que van a participar en esta Asamblea. Sin embargo, la síntesis de estas contribuciones no debe confundirse con el esbozo del documento final de Aparecida. Redactarlo será obra de quienes participen en la Conferencia General con la apertura propia del discípulo al soplo del Espíritu.

Aunque el principal destinatario de este texto es el participante de la V Conferencia, también lo ofrecemos con gusto a las Conferencias Episcopales de América Latina y del Caribe, porque precisamente sus aportaciones fueron la base para elaborar esta síntesis. Su lectura puede ser muy útil para ver cuáles son los grandes temas que hoy retan a una nueva evangelización del Continente, y percibir anhelos e inquietudes de pastores y fieles que desean vivir en el tiempo presente con nuevo entusiasmo su vocación de discípulos para la misión.

+Andrés Stanovnik OFMCap.
Obispo de Reconquista
Secretario General del CELAM


INTRODUCCIÓN

1. Hacia una Iglesia de discípulos y misioneros

1. Sin la Iglesia en América Latina y el Caribe, la identidad y el itinerario histórico de nuestros pueblos serían inexplicables. Su relación cordial con Dios y su sed de cielo tiene su raíz más profunda en el misterio de la Iglesia. Su búsqueda de paz y reconciliación, su valoración de la familia y la solidaridad heroica en las horas de desgracia tienen su primera fuente en la comunión trinitaria. Y el compromiso con la historia, en los tiempos de anocheceres y de auroras, como también la mirada llena de confianza en el futuro que suscita el Espíritu entre nosotros, son presencia viva de Jesucristo, Señor de la historia, que se acerca a todos, especialmente a los pobres y a los extraviados, porque nos ha preparado una morada en la casa del Padre.

2. Es cierto, sin embargo, que desde la primera proclamación del Evangelio hasta los tiempos recientes la Iglesia ha experimentado épocas luminosas y también momentos sombríos, vinculados a las diversas situaciones que estaba llamada a afrontar con su frágil condición humana, ennoblecida por la elección y la gracia de Dios. Con él escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad. Sufrió también tiempos difíciles, tanto por acosos y persecuciones, como por las debilidades y pecados de sus hijos, los que desdibujaron la novedad del Evangelio, las promesas de Dios a la humanidad, y además su propia vocación de amor y servicio. Sin embargo, podemos afirmar que en la Iglesia lo más determinante siempre es la acción del Señor, que se vale de hombres y mujeres que con fidelidad a la gracia colaboran con él, de modo que ella misma llega a ser presencia luminosa y actuante de Cristo en la historia de nuestros pueblos.

3. La comunidad creyente de América Latina –aproximadamente la mitad de la población católica del mundo–, consciente de su realidad y de su historia, descubre también en nuestros días que su misión está en las sociedades latinoamericanas ante inmensos desafíos que le plantea la lectura evangélica de los signos de los tiempos. Junto a otros actores sociales quiere servir y hacer su aporte original a partir de la fe y la confianza en Jesucristo vivo. Inmersa históricamente en el caminar de los latinoamericanos, la Iglesia sólo quiere ser sensible y solidaria con Cristo y con su misterio pascual, y de esta manera protagonista e interlocutora en los procesos que expresan los anhelos más hondos del corazón humano.

4. Toda renovación pide lucidez, discernimiento, renuncias y audacia. Cristo “Camino, Verdad y Vida”, es garantía de la auténtica renovación de la comunidad eclesial. Hoy es necesario que la Iglesia ofrezca una presencia llena de significado, fuente de vida y de comunión, clave de sentido para las múltiples experiencias que acompañan a los pueblos del Continente. Gracias a la conversión personal y pastoral, la Iglesia siempre está llamada a morir como el grano de trigo, para dar fruto y ser un signo creíble de esperanza. Lo será por su diálogo con Dios, por su fidelidad al Evangelio, y por su estilo comunitario, solidario y servicial, transparente, sencillo y dialogante, amante de la verdad y del bien de los necesitados. Así ella sale al encuentro de la persona humana y puede inspirar sus centros vitales, personales y sociales. A la Iglesia le urge aportar la vida nueva en Cristo y colaborar en la gestación de nuevos caminos que hagan renacer y crecer la esperanza y la vida en las personas y en los pueblos.

2. Nuestra originalidad latinoamericana

2.1 Un continente de esperanza

5. América Latina fue reconocida repetidamente como el “Continente de la Esperanza”, un nombre que deriva no sólo de las riquezas que la Providencia de Dios ha dado a sus tierras y a sus pueblos, sino sobre todo del don de la fe católica, en el que reside la mayor riqueza y la fuente inagotable de esperanza de los pueblos latinoamericanos. ¡Cristo es su “perla preciosa”! Por eso mismo, en la sabiduría de los pueblos ha quedado arraigada la certeza de que el amor es más fuerte que el dolor y la muerte.

6. Aún hoy, a comienzos del siglo XXI, podemos constatar que la gran mayoría de los latinoamericanos han recibido el bautismo en la Iglesia católica y se confiesan católicos, no obstante deficiencias y ausencias en la evangelización y catequesis. Esto muestra la profunda inculturación y arraigo de la tradición católica en la génesis, historia y cultura de los nuevos pueblos americanos. La fe católica, que se estableció en el Continente desde el primer momento del encuentro sorprendente y muchas veces dramático de los europeos, sobre todo de españoles y portugueses, con las civilizaciones, pueblos y tribus de los muy diversos pueblos indígenas, marca profundamente nuestra historia, constituyendo el más radical y potente vínculo que da identidad a nuestros pueblos y que construye su unidad en medio de las profundas laceraciones de un mestizaje incompleto y desgarrado y de la secuela de discriminaciones y violencias sufridas. Su Buena Noticia sobre la común y excelsa dignidad de todos los hijos de Dios, el mandamiento de la caridad, la pasión evangélica por la justicia y la solidaridad preferencial con los más pobres y desamparados, acompaña y anima los sufrimientos y esperanzas de los pueblos latinoamericanos en sus vicisitudes históricas, y queda desafiada ante los grandes retos de un presente desconcertado que añora, anhela y vacila.

7. También nos duele la realidad latinoamericana. A pesar de incontables signos alentadores que afloran sin interrupción, todavía está marcada por dolorosas situaciones en el orden económico, político, cultural, social y religioso, que lastiman la dignidad inalienable de la persona humana. En numerosos pueblos la identidad cultural y cristiana es frágil. Por eso los aflige el avance de fuertes influencias culturales que les son extrañas y muchas veces hostiles. De hecho hay poderes que se han propuesto acabar con costumbres y convicciones que han caracterizado la vida y las legislaciones de nuestros pueblos.

8. Sin embargo, los signos de esperanza afloran en medio de estas situaciones. Hay una asombrosa riqueza de vida por doquier en la convivencia. Hay incesantes esfuerzos por construir la paz y buscar salidas democráticas a los múltiples y variados problemas que aquejan nuestra realidad. Además nuestros pueblos no pierden su fe en Dios y su amor por la vida, su sed de trascendencia, su capacidad de acogida, servicio y ayuda fraterna. Las iniciativas ciudadanas se multiplican y no falta la entrega abnegada y comprometida de muchas personas que continúan construyendo espacios de fraternidad y solidaridad, y abriendo caminos hacia un futuro más promisorio.
9. Late siempre en el corazón de nuestras gentes el orgullo de sentirse “latinoamericanos”. América Latina no es un “sub-continente” con un mosaico incomponible de contenidos, definido sólo por su espacio geográfico. Tampoco una suma de pueblos y de etnias que se yuxtaponen. Es la casa común de naciones con comunes orígenes históricos, un similar sustrato cultural que requiere ser enriquecido por los aportes inclusivos de todos sus componentes étnicos y sociales, con similares vicisitudes y desafíos históricos, con la impronta común de la catolicidad. Entre las etnias, hoy exigen el respeto, el reconocimiento y el espacio necesario para impulsar su futuro, quienes remontan sus tradiciones ancestrales a los pueblos originarios a los cuales llegó la primera evangelización. Entre ellos encontramos grandes valores, tales como la estabilidad familiar, el amor a la tierra, un hondo sentido religioso y abundante solidaridad en las necesidades y alegría en las fiestas.

10. Hoy, en el contexto de la globalización, muchas personas y pueblos de América Latina se sienten llamados a reanudar vínculos más estrechos entre sí, y vuelven a aparecer esfuerzos tendientes a crear una nueva unidad y solidaridad latinoamericanas. El intercambio realmente solidario, la conciencia de fraternidad y la voluntad de unirse, valores profundamente cristianos, tratan de abrirse camino para garantizar el desarrollo y la cultura, y consolidar su presencia en el panorama mundial.

2.2 La dedicación evangelizadora

11. La fe católica traída al Continente tuvo una recepción positiva gracias a la potente acción del Espíritu por medio de la gesta evangelizadora y a la predisposición de tantos misioneros a acercarse a las culturas autóctonas de manera cercana y comprensible. El acontecimiento de Guadalupe marcó un hito relevante en los inicios de la evangelización. Las “semillas del Verbo” presentes en las culturas autóctonas les facilitó, de manera sorprendente, encontrar en el Evangelio respuestas razonables, vitales y sobreabundantes a los deseos de verdad, de sentido de la vida y significado de la realidad, de felicidad y justicia, de comunión en el amor, que constituyen el “corazón” de toda persona humana. Éstos son dones que reconocemos y agradecemos de corazón.

12. Fue decisiva la misión evangelizadora de numerosos obispos, misioneros, religiosos y laicos apasionados por la vida y el destino de hombres y pueblos que les confiaba como nuevos “prójimos” la Providencia de Dios, a quienes comunicaron la Buena Noticia de la salvación, y para quienes abrieron, como auténticos padres en la fe, caminos de humanización y defensa de los derechos de las personas y los pueblos. Sin embargo, es imposible desconocer los abusos de quienes pretendieron imponer violentamente otro orden social y cultural, a veces también la fe.

13. La impronta católica ha permanecido en su arte, en su lenguaje, en sus tradiciones, en su idiosincrasia y estilo de vida, y de manera especial en la rica y variada religiosidad popular del Continente, que se expresa en sus diversas expresiones de invocaciones y súplicas, de peregrinaciones y de fiestas. El amor a la Eucaristía es signo elocuente del reconocimiento de la presencia de Cristo, el Dios con nosotros. La piedad mariana ocupa un lugar destacado en la fe de los habitantes de estas tierras. Nuestros pueblos se sienten en la compañía y comunión de los santos. La Iglesia católica encuentra en ellos, no obstante las propias deficiencias, altos índices de consenso, credibilidad y confianza. La devoción al Sucesor de Pedro se ha manifestado sobre todo en ocasión de las memorables visitas apostólicas, primero de Pablo VI y después, mucho más numerosas, de Juan Pablo II a los diversos países latinoamericanos.

14. No obstante, hay que reconocer que los procesos de evangelización muchas veces quedaron incompletos, y que no basta con poseer ricas tradiciones, si el fuego de la fe, el amor y la esperanza no es avivado permanentemente con la oración, la meditación de la Palabra de Dios y la participación viva en comunidades cristianas: en su liturgia, en sus peregrinaciones, en su vida y en sus compromisos solidarios. Cuando esto no ha ocurrido, la huella católica ha permanecido en formas culturales o de religiosidad que no han llegado a dar frutos de conversión personal y de renovación evangélica de la vida de nuestros pueblos.

15. Ante este desafío nos hallamos. Para darle respuesta queremos encontrarnos nuevamente con Cristo, como los discípulos y los santos lo han hecho desde los inicios del cristianismo y a lo largo de la historia. La alternativa crucial es ésta: o nuestra tradición católica y nuestras opciones personales por el Señor arraigan más profundamente en el corazón de las personas y de los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante, como encuentro vivificante y transformador con Cristo, y se manifiesta como novedad de vida en todas las dimensiones de la existencia personal y la convivencia social, o corre el riesgo de seguir dilapidándose, empobreciéndose y diluyéndose en vastos sectores de la población, lo que sería una pérdida dramática para el bien de nuestros pueblos y para toda la catolicidad.

3. En comunión con la Iglesia Universal

3.1 Mutuo enriquecimiento en el camino de la fe

16. La fe que profesamos manifiesta nuestra identidad ante el mundo. El Espíritu nos impulsa a vivirla en la comunión de la Iglesia universal y nos alienta a expresarla con nuestros propios rasgos específicos. En la Iglesia de América Latina y el Caribe nos consideramos especialmente enriquecidos por el patrimonio de la catolicidad de la fe que se expresa en variadas formas. Igualmente las comunidades cristianas de esta región del mundo también son conscientes de la riqueza peculiar que ofrecen a la experiencia cristiana de la Iglesia universal, produciéndose así una corriente recíproca de vida que fecunda a todos los hijos y las hijas de Dios.

17. En este contexto cabe destacar el ejercicio del ministerio de Pedro, cabeza del colegio episcopal, que en las décadas recientes ha tenido una particular preocupación por las Iglesias particulares del Continente. Sobre todo en la era del postconcilio el magisterio de los pontífices ha enriquecido y marcado profundamente la vida de nuestras Iglesias, cuya autoconciencia eclesial y latinoamericana se ha expresado y profundizado particularmente en la celebración de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. El magisterio de los últimos Papas –recordemos ya el magisterio de S.S. Pablo VI– merece una especial memoria. Ciertamente Juan Pablo II despertó una gran adhesión y amor filial por parte de nuestros pueblos, manifestados en la acogida de sus visitas a esta tierra. El Papa Juan Pablo II comprendió, animó y orientó con profundidad la experiencia de la Iglesia en América Latina. Por otra parte, la acogida que él brindó a los proyectos pastorales de las Conferencias Generales repercutió en un enriquecimiento de su misma acción pastoral y de la Iglesia en todo el orbe. Una admiración que crece en la atenta y fiel recepción de su Magisterio, despierta actualmente hacia el actual Santo Padre, Benedicto XVI, a quien acogeremos de corazón en su próximo viaje a nuestro continente.

3.2 Las cuatro Conferencias Generales y el Sínodo para América

18. A partir de la segunda mitad del siglo XX, con renovado ímpetu se retomó en América latina la búsqueda de formas de comunión concreta entre las Iglesias particulares, practicada casi desde los albores de la evangelización fundante.

19. Río, Medellín, Puebla y Santo Domingo fueron para las comunidades eclesiales latinoamericanas verdaderos acontecimientos de gracia, que dieron nuevo impulso a la evangelización del Continente. El Concilio Vaticano II y luego el Magisterio Pontificio fueron decisivos en la orientación doctrinal y pastoral de estos encuentros episcopales. Sus documentos expresan el camino pastoral que han ido haciendo en común las Iglesias de América Latina en la segunda parte del siglo XX. De ellos, tanto el pensamiento teológico como las opciones pastorales han contribuido de manera muy importante a conformar la identidad pastoral de nuestras Iglesias y la identidad católica, espiritual y social, de nuestros pueblos. Por otra parte, constituyen un hecho singular en la historia de la Iglesia, que debemos agradecer a Dios nuestro Padre y que nos interpela aún más en la comunión universal de nuestras Iglesias particulares.

20. La Conferencia de Río tuvo como principal preocupación la situación de los evangelizadores por la escasez de sacerdotes. Por eso alentó una intensa campaña vocacional y puso especial atención en incrementar los medios de formación en la fe tanto para el clero como para el laicado. El aporte más importante de esta Conferencia en lo que se refiere a la integración de las Iglesias fue la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

21. La Conferencia de Medellín se propuso aplicar la renovación conciliar a América Latina. El tema escogido fue “La presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II”. El desarrollo integral de la persona y de la sociedad, desde la perspectiva de la Evangelización, mereció una reflexión especial en esta Conferencia. Produjo 16 documentos sobre los aspectos más importantes de la tarea evangelizadora de la Iglesia que fueron acogidos con especial entusiasmo en las Iglesias de América Latina. Entre los aspectos pastorales que más resonancia tuvieron en la vida de la Iglesia se pueden mencionar: el sentido de la salvación y de la liberación, la riqueza de la religiosidad popular, la experiencia de las comunidades eclesiales de base, la floración de los ministerios ordenados y de los ministerios confiados a los laicos, la opción preferencial por los pobres, el compromiso de los cristianos con la justicia y la promoción humana.

22. La Conferencia de Puebla, trató sobre “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”, y tomó como base de su reflexión la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi de Paulo VI sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo, y consciente del substrato católico de nuestra cultura, comprendió su vigencia entre nosotros. Esta Conferencia se preocupó de una renovada evangelización en la cultura propia de América Latina, a través de la proclamación integral de la verdad sobre Jesucristo, sobre la naturaleza y misión de la Iglesia y sobre la dignidad y destino del ser humano. El principio pastoral que escogió para impulsar la renovación en la Iglesia y animar la evangelización fue la comunión y la participación. Es preciso reconocer que los contenidos expresados en su documento se hicieron lenguaje, estilo pastoral y criterio de juicio que inspiró durante largos años el trabajo de toda la Iglesia en América Latina. Esta Conferencia ha tenido un influjo muy importante en la vida de nuestras Iglesias. En particular, dejó una mayor conciencia de nuestra identidad eclesial y profundizó y amplió la síntesis que habían ofrecido las Conferencias anteriores.

23. En continuidad con las anteriores, la Conferencia de Santo Domingo, trabajó el tema “Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana. «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8)”. El documento final se preocupó de formular y sintetizar la propuesta de una Nueva Evangelización para las Iglesias de América Latina haciendo un especial énfasis en el fundamento cristológico de la evangelización y en la necesidad de inculturar el Evangelio en las diversas culturas y en las diferentes estructuras de los pueblos de América Latina. Tenemos que reconocer que la recepción de esta Conferencia fue menos intensa que la lograda tras la Conferencia de Puebla.

24. El tema de fondo que unifica todas las Conferencias Generales es la Evangelización. Sin embargo, se puede sintetizar muy esquemáticamente, diciendo que la principal preocupación de Río fueron los evangelizadores, de Medellín la persona humana y la sociedad latinoamericana; de Puebla la Iglesia y de Santo Domingo Jesucristo. En esta perspectiva se puede apreciar la continuidad temática que presenta la V Conferencia con las cuatro anteriores: el centro de su preocupación pastoral es la vida plena en Cristo tanto del sujeto individual, discípulo-misionero, como del sujeto colectivo, que se realiza en la Iglesia para el bien de nuestros pueblos.

25. Cada una con su estilo propio puso acentos a la misión eclesial, integró lo antiguo y lo nuevo, se esforzó por hacer una atenta escucha de las necesidades y expectativas del pueblo de Dios, y señaló nuevos rumbos en el camino de la evangelización. La vida y la misión de la Iglesia en América Latina se pueden comprender adecuadamente sólo a partir de esas claves que han echado hondas raíces en su historia reciente.

26. Por su parte, el Sínodo Extraordinario de los Obispos de América, convocado por Juan Pablo II con motivo de la celebración del Gran Jubileo de la Encarnación del Verbo de Dios, colocó a las Iglesias de América ante el centro de su vocación y misión: el encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América. Este acontecimiento eclesial sin precedentes tendió puentes entre todas las Iglesias de América, permitió celebrar la fe común y ayudó a reconocer que esa fe tiene potencialidades capaces de crear comunión y solidaridad más allá de las fronteras socioculturales y económicas. Ecclesia in America es una fuente muy valiosa de síntesis teológica y de propuestas pastorales, que reclama un elocuente testimonio de coherencia en la vida cristiana y un nuevo ardor misionero de nuestras Iglesias. Se puede decir que esta Exhortación Apostólica es una agenda abierta que dará muchas posibilidades de comunión y de solidaridad no solo para las Iglesias de América Latina sino de todo el Continente.

4. Camino de la V Conferencia

4.1 Los núcleos temáticos

27. El tema central de la V Conferencia es “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en él tengan vida. «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6)”. En él encontramos los núcleos que inspiraron los análisis, las reflexiones y las propuestas de su fase preparatoria. Son hilos conductores que le otorgan unidad y coherencia, de tal forma que es posible descubrir en ellos interrelación, interdependencia e interacción.

28. Discípulos y misioneros de Jesucristo, evoca una triple relación vital: con el Señor que nos hace objeto de su gratuidad, con la comunidad donde vivimos nuestra identidad eclesial, y con aquellos a quienes somos enviados en nombre del Señor de la vida.

29. Para que nuestros pueblos, sitúa a los discípulos y misioneros en la dimensión evangelizadora de la Iglesia, atendiendo a la solidaridad, el amor oblativo y el servicio incondicional a todos sin exclusiones. Queremos acompañar a nuestros pueblos en la liberación de sus sufrimientos y esclavitudes, que ahogan su esperanza y no les permiten tener la vida plena que el Padre Dios nos regala sin cesar con la resurrección de Jesús.

30. En él tengan vida, manifiesta nuestra convicción de que en el Dios vivo revelado en Jesús se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida humana. Ésta es la vida en Cristo que anhelamos con nuestros pueblos y que se ve amenazada en formas insospechadas y perversas. Nos urge la misión de entregarla, promoverla y defenderla en toda su integridad, con la conciencia de que alcanzará un día la plenitud cuando “Dios sea todo en todos” (1Cor 15, 28).

4.2 Contenido y método del presente documento

31. Este documento consta de tres capítulos, una introducción y una conclusión general. En el primer capítulo miramos a nuestros pueblos a la luz del proyecto del Padre, lo cual nos permite una mirada creyente de la sociedad latinoamericana. Señalamos algunos rostros concretos que hoy nos interpelan, anotamos los rasgos sobresalientes del cambio de época, y nos detenemos en la propia Iglesia con sus contrastes y desafíos que provienen de la sociedad actual.

32. El capítulo segundo ofrece orientaciones y criterios para el discernimiento y la misión a partir de la revelación. La persona de Jesucristo nos revela al Padre como dador de vida, cuyo Reino se realiza a través de la existencia encarnada del Hijo, que culmina en el misterio pascual. El discípulo de Jesús se incorpora a él y participa de su vida, manifestando de muchos modos la presencia de Jesucristo vivo en las diversas situaciones humanas. La Iglesia, sacramento de vida en constante conversión y renovación por la celebración de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, está a la escucha de la Palabra y al servicio del Reino. Como Pueblo de Dios en comunión y participación, celebra su fe y se orienta a la misión.

33. El capítulo tercero se ocupa de la actuación evangelizadora de la Iglesia. Estimulada y animada por el Espíritu Santo que convoca a todos sus miembros para la misión, se inspira en la vida de la Virgen María, de los apóstoles y los santos. Él suscita y alienta en el Pueblo de Dios una espiritualidad evangelizadora y un estilo pastoral característico. En seguida consideramos los grandes ámbitos de la misión en nuestra realidad, tanto personales y familiares como sociales y eclesiales. Esta misión que nos implica a todos pide un proceso de formación de los discípulos misioneros y una pedagogía pastoral integradora de identidades diversas en comunión y participación. El capítulo termina señalando nuestras preocupaciones fundamentales.

34. Este documento continúa la práctica del método “ver, juzgar y actuar”, utilizado en anteriores Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano. Muchas voces venidas de todo el Continente ofrecieron aportes y sugerencias en tal sentido, afirmando que este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia, ha enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y en general ha motivado a asumir nuestras responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente.

35. Este método nos permite articular, de modo sistemático, la perspectiva creyente de ver la realidad; la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento y valoración con simpatía crítica; y, en consecuencia, la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo. La adhesión creyente, gozosa y confiada en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y la inserción eclesial, son presupuestos indispensables que garantizan la pertinencia de este método.

36. Podemos decir que el “ver” de nuestro método está más inmediatamente vinculado a Dios Padre. Queremos ver siempre la realidad a la luz de su proyecto amoroso, manifestado en la creación y en la re-creación en su Hijo, Jesús. La “mirada” y la voluntad salvíficas del Padre buscan siempre sembrar y hacer crecer la vida, como asimismo defender la vida amenazada y resucitarla en la fuerza del Espíritu de su Hijo.

37. El paso siguiente del método corresponde al momento del “juzgar”. El Verbo, Cabeza de la Creación y del mundo redimido, y el misterio de la Iglesia son la medida para valorar la realidad. Esto quiere decir que Jesucristo es irreductible a una mera teoría, a una mera ética o a un mero proyecto de desarrollo humano o social. Gracias a que nada ni nadie lo puede sustituir es que podemos proclamar con seguridad que él es el Señor de la vida y de la historia, vencedor del misterio de iniquidad y acontecimiento salvífico que nos hace capaces de emitir un juicio verdadero sobre la realidad, que salvaguarde la dignidad de las personas y de los pueblos.

38. El último paso es el momento del “actuar”. Para el creyente, el Espíritu Santo nos impulsa a actuar y nos señala los rumbos del querer de Dios, expresados en líneas dinamizadoras coherentes con los clamores de nuestros pueblos y con la caridad de Cristo que nos apremia.

39. La experiencia viva de la fe alimentada por la tradición y la comunión en la Iglesia católica, fundamento imprescindible de este método, ayuda a ampliar y profundizar la inteligencia de la realidad y el discernimiento de las situaciones, mientras nos exige saber dar razones de la esperanza que nos anima y nos confiere la audacia y sabiduría para actuar en bien de las personas y los pueblos. Las certezas de la fe saben acoger todos los signos de verdad, bien y belleza que se manifiestan en nuestra convivencia, más allá de todos los confines y pertenencias asociativas. Desde esta perspectiva, queremos contribuir, junto con muchos hombres y mujeres, a la búsqueda de las respuestas que demanda el actual momento histórico.

CAPÍTULO I

MIRAMOS A NUESTROS PUEBLOS
A LA LUZ DEL PROYECTO DEL PADRE

40. Miramos la realidad desde el designio salvífico del Padre para discernir y dejarnos interpelar por las voces contemporáneas de Dios que asumimos en los signos de los tiempos. La situación del Continente nos reclama, una vez más, la sinceridad y la sabiduría necesarias para mirar con profundidad la realidad y su dinamismo, y descubrir en ella con lucidez la presencia dinámica del Reino de Dios proclamado por Jesús.

1. El proyecto de amor de Dios Padre

41. Israel descubre en el devenir de su historia que Dios es rico en amor y misericordia y que estos atributos divinos son fuente de vida y liberación. Desde esta clave de lectura no sólo mira su historia, sino también el origen de la humanidad y del pecado que encerró al hombre en el egoísmo y la muerte. Dios, sin embargo, que creó al ser humano como la única criatura que él ama por sí misma, nos ha elegido antes de la creación del mundo –por decisión gratuita de su voluntad– para “ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo”, su Hijo primogénito (Ef 1, 4-5).

1.1 Dios, fuente de vida y liberación para Israel

42. Dios Padre sale de sí, por así decirlo, para llamarnos a participar de su vida y de su gloria. Mediante Israel, pueblo que hace suyo, Dios nos revela su proyecto de vida. Cada vez que Israel buscó y necesitó a su Dios, sobre todo en las desgracias nacionales, tuvo una singular experiencia de comunión con él, quien lo hacía partícipe de su verdad, su vida y su santidad. Por ello, no demoró en testimoniar que su Dios -a diferencia de los ídolos- es el “Dios vivo” (Dt 5, 26) que lo libera de los opresores (cf. Ex 3, 7-10), que perdona sin límites (cf. Eclo 2, 11) y que restituye la salvación perdida cuando el pueblo, envuelto “en las redes de la muerte” (Sal 116, 3), se dirige a él suplicante (cf. Is 38, 16). De este Dios -que es su Padre- Jesús afirmará que “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 27).

43. Gracias a su experiencia de Dios, Israel confiesa que es “el Dios de mi vida” (Sal 42, 9), su único Señor a quien debe amar con todo su corazón (cf. Dt 6, 5). Israel sabe que su Dios es la única “fuente” de su vida (Sal 36, 8-10), su “roca” segura (28, 1-2) y su “redentor” (Is 41, 14). También sabe que esto no basta y que al don de la vida se responde con la búsqueda de la vida verdadera. Esta vida brota de la alianza con su Dios y exige el compromiso de destruir los ídolos, confiar en él y en sus promesas de vida, ocuparse de los pobres, escuchar su Palabra y obedecer sus mandamientos, lo que constituye un potente sí divino a favor de la verdad, la vida y la libertad (cf. Ez 33, 14-15). Porque el Dios de Israel es Dios de vida, el compromiso de alianza de Israel es respetar y favorecer los dones sagrados y preciosos de la vida y la liberación que le regala.

1.2 Dios crea al hombre y a la mujer para que vivan

44. Luego de mirar con ojos de fe la historia de alianza con su Dios, Israel se abre no sólo a su origen, sino también a la razón de su propia existencia y de la humanidad, descubriendo que el ser humano “existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva” (GS 19). Si Dios se ha manifestado, por sobre todo, dador de vida y liberación para Israel, significa que la creación del varón y de la mujer a su imagen y semejanza es un acontecimiento divino de vida, y su fuente es el amor fiel del Señor. Al poner todo lo creado al servicio del ser humano, el Creador manifiesta la inmensa dignidad de aquel que apenas es inferior a Dios (cf. Sal 8) y el cuidado exquisito que tiene por cada persona (cf. Gn 1, 29-30).

45. Esta experiencia de un Dios que crea y ama dando vida y libertad (cf. Sal 119, 159), lleva a Israel a descubrir maravillado la vocación fundamental del ser humano: vivir en alianza de vida con el Señor y en comunión unos con otros.

1.3 El pecado, negación de la vida querida por Dios

46. Sin embargo, Israel, como nosotros mismos, experimenta la dolorosa tragedia de la maldad en su historia. Niega la vida que Dios le regala cuando “no hay fidelidad, ni amor ni conocimiento de Dios” en el país, y destruye esa vida en otros cuando “sólo se difunden falso testimonio y engaño, asesinato, robo y adulterio y un crimen sigue a otro crimen” (Os 4, 1-2). Por su reiterada infidelidad, el pueblo dilapida los dones divinos. Responde con la rebelión a la vida y libertad que le vienen de Dios, alejándose y entristeciendo a su Señor con su conducta (cf. Is 63, 7-10). Pero el pueblo está convencido que su maldad y la del mundo no puede provenir de un Dios de vida que ama como lo hace su Dios. Entonces unos sabios israelitas, inspirados por Dios, enseñan al pueblo que fue el pecado, introducido por el ser humano en los albores de la creación (cf. Rom 5, 12), la causa de una triple, profunda y actual distorsión: la del ser humano con su Creador, consigo mismo y sus semejantes, y con la creación (cf. Gn 3; DP 322).

47. Desde entonces la vocación fundamental del hombre y la mujer se ve amenazada por el pecado, poniendo toda la creación bajo la sombra de su egoísmo y orgullo (cf. AA 7). Pero también, desde entonces, el ser humano lleva clavado en lo más profundo de su corazón el ansia de felicidad, de liberación del pecado y de la muerte, de paz y de plenitud.

48. El Dios de la vida no abandonará en la muerte y el pecado ni a su pueblo ni a la humanidad. Nos dice el Concilio Vaticano II que “el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud” (GS 13c). Por eso, llegado el tiempo oportuno envió a su Hijo como “Camino Verdad y Vida”, (cf. Jn 14, 6) y “primogénito de toda criatura” (Col 1, 15). Para liberarnos del pecado, él perdona nuestros pecados, recreando el corazón del hombre y llevando a la plenitud la vocación humana. Para actualizar la misericordia del Padre nos dejó el sacramento del Perdón, de modo que sea realidad la aspiración más honda de Pablo: que “todo sea de ustedes, ustedes sean de Cristo y Cristo de Dios” (1Cor 3, 22-23).
2. Rostros que nos interpelan

49. El pecado introducido desde antiguo por los seres humanos continúa presente en nuestra realidad, pero más poderosa es la presencia de la acción liberadora y enaltecedora de Dios. Por eso con María en su canto del Magnificat (cf, Lc 1, 46-55) proclamamos las maravillas que el Señor ha hecho en nuestros pueblos y nos regocijamos en su amor y en su misericordia. Cristo nos llama desde los hermanos que sufren, a los que quiere servir con nuestra colaboración, con la actitud creyente y materna de María nos acercamos a la realidad de nuestros pueblos, y contemplamos hoy los rostros filiales, sufrientes y resucitados del Señor Jesús (EiA 45).

50. Entre ellos están los pueblos y las comunidades que son testimonio de las raíces y culturas indígenas. En los 500 años transcurridos han crecido grandes poblaciones y culturas mestizas. Sobre todo a los pueblos originarios que han permanecido más recluidos en sus territorios y a comunidades y personas afrodescendientes, aún no se les reconoce en todas partes su derecho a ser tratados con dignidad y en igualdad de condiciones, y arrastran una carga secular de humillaciones. Frecuentemente quedan al margen de la sociedad y del legítimo derecho al desarrollo, se ignora su historia y su presencia, y se desconoce o se niega la riqueza cultural y religiosa de sus tradiciones.

51. Por otra parte, innumerables mujeres de toda condición han sufrido una doble exclusión en razón de su situación socioeconómica y de su sexo. No son valoradas en su dignidad, quedan con frecuencia solas y abandonadas, no se les reconoce suficientemente su abnegado sacrificio e incluso heroica generosidad en el cuidado y educación de los hijos ni en la transmisión de la fe en la familia, no se valora ni promueve adecuadamente su indispensable y peculiar participación en la construcción de una vida social más humana y de una edificación de la Iglesia en la compenetración de sus dimensiones petrinas y marianas. A la vez, su urgente dignificación y participación pretende ser distorsionada por corrientes de un feminismo ideológico, marcado por la impronta cultural de las sociedades del consumo y el espectáculo, que es capaz de someter a las mujeres a nuevas esclavitudes.

52. De igual manera sufren los pobres, los excluidos, los desocupados, los migrantes, los desplazados, los campesinos sin tierra, los que buscan sobrevivir en las redes de la economía informal, y todos aquellos que se ven privados de una vida digna. Sus rostros piden unas condiciones de vida que garanticen y ofrezcan oportunidades a su existencia, mediante una fraterna acogida y solidaridad, incorporados al trabajo y a los beneficios de un progreso auténtico, también por medio de leyes que protejan en justicia su presente y su futuro. De modo semejante sufren también los niños, jóvenes y adultos, cuando son víctimas de estructuras sociales que les cierran las puertas al ejercicio de sus derechos individuales y sociales, así como al aprovechamiento de otras legítimas oportunidades. Nos esperan los enfermos, los drogadictos, los discapacitados y los adultos mayores que sufren de soledad y no gozan del derecho a una vida digna y a los cuidados que merecen. Recodamos también a las víctimas de la violencia intrafamiliar. Nos interpelan igualmente todos aquellos que por su orientación homosexual son rechazados y marginados.

53. Hay otros rostros que nos interpelan particularmente: los hermanos secuestrados, los que son víctimas de la violencia y de los conflictos armados en nuestros países y en otras latitudes, que no reciben protección y defensa eficaz, ni tienen prioridad en las políticas públicas de muchos Estados. “Debemos aprender que la paz no puede alcanzarse únicamente desde fuera con estructuras, y que el intento de establecerla con la violencia sólo lleva a una violencia siempre nueva (…) Debemos aprender que la paz sólo puede existir si se supera desde dentro el odio y el egoísmo” (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2006). Pero tampoco podemos olvidar esos otros rostros que no han contribuido o no contribuyen a la construcción de la paz. Por haber hecho o seguir haciendo mal uso de la libertad carecen de felicidad. Entre ellos, esperan mucho de nosotros los que han cometido delitos y están privados de libertad. Y nos necesitan los que son insensibles al dolor de los demás, los que oprimen, los corruptos, los que viven al margen de la ley, los que trafican con drogas, los que abusan del poder, los que manipulan ideológicamente, los violentos y los terroristas; todos ellos, incapaces de vivir en paz y de construir la paz.

54. Nos interpelan a nosotros, discípulos y misioneros de Cristo, los hermanos de otras comunidades cristianas, con quienes hemos comenzado a orar juntos y a colaborar, en camino a la unidad querida por el Señor; y también de otras confesiones religiosas, con los que está pendiente el diálogo y la colaboración mutua. Nos interrogan asimismo los agnósticos, los ateos y los indiferentes, que viven la pobreza de desconocer a Dios en su vida o, sabiendo de él, prescinden de su persona y de su amor. Se alegrarían de compartir nuestro optimismo los que carecen de esperanza, y los que han experimentado el fracaso de sus planteamientos y utopías. Y no podemos olvidar a los que se encuentran en situaciones especiales por haber abandonado el ejercicio del ministerio sacerdotal, por haber contraído un segundo matrimonio civil sin haber obtenido la declaración de nulidad del sacramento, y los que mantienen una doble vida, aumentándose al dolor de su desorden la zozobra por el temor de ser descubiertos.

55. Cumplimos con un deber de gratitud al destacar otros rostros: de una multitud de hombres y mujeres, adultos y jóvenes –profesionales, campesinos, obreros, empleados, madres de familia, etc.–, que son miembros de la Iglesia y en nuestros países trabajan con amor a Dios y a los hermanos, incluso a quienes podrían ser sus enemigos, y lo hacen de manera honesta y generosa, sin perder la esperanza. Junto a tantos otros no se doblegan ante las dificultades sino que mantienen anhelos de vida y liberación, de amistad con Dios, de fidelidad, fraternidad y paz, buscando el crecimiento del Reino. Su capacidad de resistencia, esperanza y paciencia histórica, como también de colaboración con quienes creen en el hombre y en su felicidad, y manifiestan el gozo de creer en el “Dios que derribó de sus tronos a los poderosos y enalteció a los humildes” (Lc 1, 52), recuerdan el rostro de Jesús resucitado.

3. Cambio de época y desafíos

56. Sucesivas transformaciones sociales y culturales agitan al mundo actual. Vivimos un fuerte cambio de época cuyo nivel más profundo es el cultural. Por esto la sociedad latinoamericana se experimenta como una sociedad inestable y en transición, con sus luces y sombras. La Iglesia católica también está inmersa en este cambio. Veamos algunos rasgos más relevantes de su configuración.

3.1 Pluralismo y emergencia de la subjetividad

57. Todos sentimos las modificaciones profundas que afectan a nuestra sociedad. Acostumbrados a una tradición cultural bastante homogénea y de índole cristiana, asistimos hoy a la fragmentación de la sociedad en sectores plurales, con lenguajes y prácticas propias, con nueva conciencia sobre las particularidades étnicas, culturales y religiosas de los pueblos, con gran acumulación de informaciones y conocimientos, con una nueva autonomía y autoreferencia del poder político, con inmensos cambios promovidos por la ciencia y la tecnología, y por una nueva concepción de libertad religiosa. Se desvanece de este modo una única imagen del mundo, del ser humano y de Dios, que ofrecía orientación para la vida cotidiana. Recae, por tanto, sobre el individuo toda la responsabilidad de construir su personalidad, de afirmar su libertad y de tener razones para vivir, que ya no le son dadas por la tradición como sucedía en el pasado. Vivimos así en un mundo donde reina el pluralismo, bien sea cultural o religioso, y en el cual la convivencia se construye día a día a partir de la persona y de sus opciones, a veces, sin embargo, fuertemente condicionadas por una cultura global que tiende a imponer la “dictadura del relativismo, proponiendo modelos antropológicos incompatibles con la naturaleza y dignidad del hombre” (Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático, 8 de enero de 2007) y sembrando así incertidumbres, desarraigos y confusiones.

58. Surge entonces lo que hoy caracterizamos como la emergencia de la subjetividad, en la que cada uno puede escoger, de la plural oferta de sentidos y prácticas sociales, lo que le parece mejor. La emergencia de la subjetividad ha significado una importante conquista de la humanidad. La dignidad y la libertad de la persona humana son reconocidas y respetadas. Las raíces de ello están ciertamente en la novedad del cristianismo, aunque hayan pasado por vicisitudes históricas y culturales. Actualmente esta subjetividad sin embargo con frecuencia se reduce a un mero subjetivismo, hostil a cualquier vínculo, sin referencia a la verdad, sin unidad interior, y dañino para la convivencia social. Sin embargo, el espacio dado a la libertad en nuestros días representa también una oportunidad para el cristianismo. Pues la adhesión a la fe cristiana resulta de una opción libre por Jesucristo. Cuanto más consciente, libre, razonable, madura y plena, más sólida será la identidad del discípulo de Cristo.

3.2 Impacto de la globalización

59. El fenómeno de la globalización, tanto en su vertiente cultural, como en su vertiente comunicacional y económica, provoca cambios significativos en la realidad actual. Hoy tenemos experiencia de una reducción del espacio y del tiempo, fruto de la velocidad de los medios de transporte y de la instantaneidad de la comunicación. Tenemos una conciencia planetaria, inédita en la historia de la humanidad, que aproxima pueblos y continentes, y que plasma una mentalidad común. Grandes naciones y millones de hombres se van incorporando a una dinámica acelerada de desarrollo.

60. La globalización representa, sin duda, una oportunidad para una renovada conciencia de la catolicidad de la Iglesia. Así, un gran patrimonio cultural es ofrecido a todos, proporcionándoles conciencia de los derechos humanos, participación en las conquistas científicas, solidaridad con los más pobres, estima por la justicia y por la paz, valorización de las culturas locales, y sobre todo la convicción de que el presente y el futuro de la humanidad depende de todos. Surge así el deber de globalizar la caridad y la solidaridad.

61. Sin embargo, no se puede ignorar que gran parte de esta cultura globalizada está al servicio de intereses económicos transnacionales. De hecho, la globalización económica, trae muchos beneficios para los que logran incorporarse al alto nivel necesario de conocimientos y de técnicas, pero deja al margen, creando situaciones de precariedad, desigualdad y pobreza, a los que tienen menos capacidades y posibilidades para competir en una economía abierta al mercado. El poder político nacional pierde fuerza delante de las interdependencias y presiones de cuño económico en los nuevos escenarios globales. La economía neoliberal, cuando no es corregida por el compromiso con los más débiles, de hecho debilita aún más las democracias latinoamericanas, que en general no disponen de instituciones consistentes y sólidas y sufren la tentación de soluciones populistas o sucumben a la corrupción en muchos niveles. La economía financiera tiende a prevalecer en su papel determinante por encima de la economía productiva y social, haciendo que nuestras naciones tengan condicionado su futuro por los vaivenes de los capitales especulativos. Ha sido la dolorosa experiencia en algunos de nuestros países.

3.3 Hegemonía del factor económico y tecno-científico

62. Todas las dimensiones de la vida social se encuentran recibiendo el impacto dominante del factor económico y del mercado como la norma suprema de funcionamiento y el criterio decisivo en la organización social. La racionalidad instrumental que anima muchos aspectos del quehacer económico y científico no logra reconocer al ser humano como sujeto con dignidad y como un valor supremo de organización social y económica. Sólo lentamente se abre paso la preocupación por el “capital humano”. Muchos de nuestros contemporáneos, inmersos en una cultura así, carecen de referencias para orientarse y acaban cediendo a los imperativos del individualismo, del materialismo y de la búsqueda exclusiva del bienestar propio.

63. Cuando la lógica del mercado coloniza la vida política y científica, cuando irrumpe en las instituciones dedicadas a la procuración de justicia, en la escuela y la Universidad, en las actividades profesionales y en los estilos de vida ordinarios, aparece con fuerza el relativismo ético y se debilita el ideal de trabajar por el bien común. El frecuente incumplimiento de promesas por parte de nuestras autoridades civiles parcialmente se debe a la subordinación de las políticas públicas a la lógica del mercado, a la popularidad buscada como fin, a las exigencias de los organismos internacionales que aprecian más la oferta y la demanda como criterio operativo que la reciprocidad justa de los intercambios. Esto trae como consecuencia el agravamiento de las desigualdades sociales de nuestros países que se reflejan en los precarios servicios públicos en diversos sectores como hospitales, escuelas y viviendas. Por tanto, urge “eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial” (Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático 08|01|07), para que una racionalidad más integral y solidaria pueda vitalizar todos los procesos sociales y responda a las fuertes aspiraciones de los sectores más pobres por una mayor y más justa participación en los bienes de la sociedad.

3.4 Irrupción de lo sagrado y búsqueda de la trascendencia

64. Es perceptible que en muchos espacios y ambientes de la sociedad y de la cultura en América Latina no se tiene respuestas a los grandes interrogantes del ser humano sobre el sentido de la vida, del sufrimiento, de la muerte y del amor, lo cual deja a las personas en desamparo e inseguridad. Por otra parte, una nueva sensibilidad religiosa, anhelante de encontrar la dimensión de lo sagrado, reaparece con un fuerte acento subjetivista y tenuemente vinculada con la fe de las generaciones precedentes. Nuevos grupos y sectas hacen aparecer una nebulosa religiosidad, sujeta a cambios continuos y motivo de confusión entre los fieles. De este modo, en América Latina, los creyentes viven entre tendencias secularistas que conviven con “una difusa exigencia de espiritualidad” (NMI 33), con una nostalgia de Dios, aun cuando este fenómeno no se exprese con un lenguaje sofisticado ni académico.

3.5 Crisis de la familia

65. La familia, célula de la sociedad, sufre hoy el impacto de este cuadro sociocultural y económico. La inestabilidad de los matrimonios proviene en gran medida de la ausencia de vínculos y convicciones sólidas y es agravada por el hedonismo reinante, por el subjetivismo y por la cultura de lo desechable. Las numerosas disoluciones matrimoniales desacreditan el matrimonio en las generaciones más jóvenes y favorecen el crecimiento de las uniones fuera del matrimonio civil o religioso. Los bajos ingresos y muchas veces la búsqueda del bienestar individual llevan a las parejas a no tener hijos o a tenerlos en número muy reducido. Además, hoy se incurre en el contrasentido de buscar legitimar uniones de personas del mismo sexo, equiparándolas al matrimonio. Aún entre las familias cristianas la ausencia del hogar debido al compromiso profesional de todos los miembros de la familia, la agitación de la vida moderna, sobre todo urbana, la omnipresencia de la televisión y el recurso permanente a otros medios visuales y auditivos de comunicación social, que difunden costumbres y convicciones ajenas o contrarias al cristianismo, dificultan la transmisión de la fe cristiana a los hijos, y hacen muy difícil el diálogo y la unión de todos en el hogar. Se observan también en nuestros días, por razones diversas, diferentes tipos de uniones –por razones ideológicas se les quiere llamar a todas “modelos de familia” – (monoparentales, consensuales, uniones libres, divorciados vueltos a casar, uniones homosexuales y otras), si bien no coinciden ni con el proyecto de Dios para la familia ni con el balance histórico de la humanidad. Todo esto interpela nuestra pastoral familiar.

66. Entre los presupuestos que debilitan y menoscaban la vida familiar encontramos varias corrientes ideológicas: la neoliberal que exalta la libertad total del individuo y que se expresa en un relativismo subjetivista en el que cada uno puede escoger sus verdades y sus valores, y en la exaltación de la fuerza: si yo soy el más fuerte, puedo disponer de la vida ajena; la ideología del género, según la cual cada uno puede escoger su “orientación sexual” y las respectivas prácticas, no teniendo relevancia las diferencias fisiológicas; la ideología ecologista que presenta al hombre como el mayor depredador. Por eso, el hombre debe someterse a la Madre Tierra, y el número de individuos admitidos a la existencia debe ser contenido en límites definidos por los tecnócratas; el humanismo agnóstico, que reduce voluntariamente el área de competencia de la razón, limitando el ejercicio de la misma a la esfera de los fenómenos, y descalificando a priori toda indagación relativa al sentido de la vida y de la muerte, o al sentido del misterio. Este humanismo, cuya forma paroxística es el nihilismo, lleva a la ocultación de la señoría ministerial en virtud de la cual el hombre es llamado a participar, por la procreación, a la acción creadora de Dios.

67. Muchas de las modificaciones legales que se han introducido en numerosos países de América Latina en los últimos años hieren gravemente la dignidad del matrimonio, de la familia y de la vida humana. Estas modificaciones no son casuales, no ocurren simplemente. Muchas veces son promovidas como elementos necesarios de agendas “progresistas”, con frecuencia impulsadas por determinadas ONG o por organismos de las Naciones Unidas. Persiguen la emancipación de las costumbres, las normas éticas y las leyes de su matriz cristiana. Con frecuencia responden a los intereses y estrategias de personas e instituciones con gran poder y presencia internacional, que abiertamente buscan provocar un cambio en el ethos cultural y religioso latinoamericano.

3.6 Cultura urbana

68. Dios habita en la ciudad. Así como en otro tiempo se manifestó con rostro rural, hoy se revela, por así decirlo, con rostro urbano. Pronto más del 70% de la población estará viviendo en ciudades con más de un millón de habitantes. Este crecimiento acelerado de las grandes urbes hemos de comprenderlo como un nuevo signo de nuestro tiempo. En la urbe acontecen complejas transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas que hacen impacto en todas las dimensiones de la vida. Las grandes urbes se componen de un sinnúmero de pueblos, ciudades satélites, sectores y ambientes sociales, donde coexisten binomios que la desafían cotidianamente: tradición-modernidad, globalidad-particularidad, inclusión-exclusión, personalización-despersonalización, lenguaje secular-lenguaje religioso, homogeneidad-pluralidad, cultura urbana-pluriculturalismo. La cultura rural aún es un referente en muchas regiones del Continente y sigue aportando riquezas innegables; pero lo rural hoy se urbaniza en forma vertiginosa e irreversible. Hay en la ciudad una fragmentación de la cultura, un lenguaje nuevo y una simbología que requiere un aprendizaje. Existe una diferencia notable entre el habitante nacido en la urbe, el inmigrante desplazado hacia ella y el residente extranjero. La cultura contemporánea pasa hoy necesariamente por la ciudad y crea vínculos que generan una nueva mentalidad.

69. El ciudadano de la urbe se entiende a sí mismo como víctima y sujeto de su entorno. Por un lado, padece anonimato y masificación, movilidad y vértigo, soledad y desamparo, desarraigo y violencia, inseguridad e impotencia; por el otro, reconoce que la urbe le brinda incesantemente oportunidades, alternativas, modas, expectativas, ofertas culturales y opciones inéditas que lo invitan al esfuerzo, al bienestar y al éxito. Todo esto hace sumamente difícil la vida de los hombres y mujeres urbanos, que ven la ciudad al mismo tiempo como espacio amable que los atrae y lugar odioso que los agrede.

3.7 El ejercicio del poder en América Latina

70. Existe en la vida social un factor que convencionalmente identificamos con la palabra “política” pero que es mucho más amplio que el ámbito que se delimita con esta noción. Este factor es el “poder”. El poder se ha configurado en América Latina de una manera peculiar debido a la larga historia de autoritarismo que existe en nuestras tierras desde la época precolombina y que continúa, bajo diversas modalidades, hasta nuestros días. El poder se ejerce en la familia, en la escuela, en el campo, en las organizaciones civiles, en la empresa, en la escuela, en los sindicatos, y por supuesto, en los distintos órdenes de gobierno civil y eclesiástico.

71. En muchas ocasiones de la historia remota y reciente de América Latina el ejercicio del poder no ha estado normado por la dignidad de la persona humana y sus exigencias fundamentales – los derechos humanos –, sino que se ha autorregulado. Cuando el poder no reconoce más límite que la voluntad del gobernante aparece el autoritarismo. Ante este fenómeno, la sociedad civil se ha organizado en muchísimos grupos que, cuando luchan por algún segmento del bien común de manera pacífica, colaboran a que la sociedad se vuelva sujeto de su historia y no objeto de uso o de abuso por parte del poder.

72. Muchas de las democracias latinoamericanas se han logrado construir con enormes sacrificios personales y colectivos. Fue necesario que cicatrizaran heridas muy profundas y dolorosas, por medio de procesos de reconciliación en que no han faltado la verdad, la justicia, la magnanimidad y aun el perdón. Sin embargo, con frecuencia la democracia se mantiene en su momento formal y no logra madurar en su dimensión participativa y cultural. Esto quiere decir que en numerosos casos la democracia se esfuerza por mejorar los mecanismos institucionales más necesarios, por ejemplo para efectuar los procesos electorales, pero no logra emerger como un estilo de vida permanente que vitalice las instituciones. Por ello, la democracia en América Latina, y con ella los partidos políticos tradicionales, se encuentra en una seria crisis. Esta crisis se manifiesta de múltiples maneras siendo una de las más preocupantes la corrupción, y el surgimiento de caudillismos que con pretensiones de mesianismo y con discursos maniqueos, tolerando o incitando a la violencia, tienden a controlar desde el Estado las instituciones educativas, los medios de comunicación, la economía y la sociedad. A veces se valen hasta de un lenguaje para-religioso, y se proponen como redentores de la vida social. En tales circunstancias la libertad de la Iglesia, que ha de ser ejercida y defendida con gran valentía, se convierte en un símbolo para la sociedad, en un refugio para los perseguidos, en la principal garantía de los derechos y las libertades ciudadanas, y en una promesa de libertad para todos.

73. Los vicios autoritarios que frecuentemente aparecen en las estructuras de gobierno civil surgen de vicios de igual índole cultivados en la familia y en el resto de las organizaciones e instituciones que componen la vida social. Por ello, es importante que reconozcamos la urgente necesidad de cultivar la subsidiaridad y una democracia participativa, que permita reconocer en la práctica el derecho de todos por igual a participar libre, activa y creativamente en la gestión del bien común.

4. La Iglesia en este cambio de época

4.1 Una Iglesia cuestionada

74. El pluralismo cultural y religioso de la sociedad actual repercute fuertemente en la Iglesia. Hay otras fuentes de sentido que compiten con ella, relativizando y debilitando su incidencia social y su acción pastoral. No todos los católicos estaban preparados para resistir a esta multiplicidad de discursos y de prácticas presentes en la sociedad. Y este hecho se ha manifestado en un cierto distanciamiento silencioso de la Iglesia por parte de muchos y en una adhesión poco reflexiva a otras creencias o instituciones religiosas. Esta situación se ve agravada por el relativismo ético y religioso de la cultura actual. Por otro lado, el pluralismo abre espacios para la libertad personal y la opción religiosa consciente. Todo esto muestra la necesidad urgente de una mayor formación cristiana del laicado, que le permita desarrollar una actitud de convencida identificación con su vocación cristiana y de discernimiento evangélico ante este pluralismo.

75. Por su parte, la emergencia de la subjetividad en nuestros días, acompañada por una creciente participación de nuestros contemporáneos en las conquistas culturales, también representan un desafío para la Iglesia. Ya no se acepta un pronunciamiento sólo porque proviene de una autoridad. Se vuelve necesario ofrecer un adecuado fundamento al discurso doctrinal o ético, porque cada uno quiere que su autonomía personal y su libertad sean respetadas; de este modo, como lo señala el Papa Benedicto XVI, la Iglesia, debe intervenir en los diversos temas de la vida de la sociedad “a través de la argumentación racional” (DCE 28). Hay que advertir que el debilitamiento de las sólidas fuentes de sentido en la sociedad genera, en el fondo, angustia y malestar en aquellos que más buscan refugio y distracción en un consumismo creciente. El mensaje cristiano ofrece, sin duda, marcos sólidos para la integración personal y la convivencia social. Urge saber proclamarlo a nuestros contemporáneos con una actitud abierta y dialogante.

4.2 La rica vitalidad de la Iglesia

76. Presente y actuante en su Iglesia, el Espíritu Santo la santifica, la inspira y la renueva continuamente. La Iglesia católica en América Latina ha estado comprometida desde sus orígenes y hasta el presente con los más pobres y con el esfuerzo de promover su dignidad. Una densa red capilar de instituciones e iniciativas beneficia a nuestros pueblos en el orden de la salud, la educación, la cultura, la habitación, la rehabilitación y la promoción de los trabajadores y de sus familias. Por ejemplo, sus numerosas actividades e instituciones educativas, en todos los niveles, representan una contribución significativa para el pueblo latinoamericano. También es destacable la participación personal e institucional de la Iglesia en el sector de la salud, disminuyendo las consecuencias de un servicio sanitario deficiente. Reiteradamente su empeño a favor de los más pobres y su lucha por la dignidad humana han ocasionado la persecución, y aún la muerte, de miembros suyos.

77. La renovación aconteció también en el interior de la Iglesia. Centrar los esfuerzos pastorales en conducir al encuentro con Jesucristo vivo, ha dado y sigue dando preciosos frutos. La primacía de la Palabra de Dios nutre la teología y anima la pastoral, repercutiendo fuertemente en los sectores más sencillos y abiertos de nuestros pueblos. El mayor contacto y el mejor conocimiento de los textos evangélicos ha puesto en evidencia la centralidad de la persona y de la vida de Jesucristo, con su fuerza atractiva y transformadora, como también la misión de la Iglesia como sacramento de comunión y espacio de solidaridad con quienes no tienen los medios necesario para vivir dignamente. La Iglesia también redescubre sus raíces bíblicas y patrísticas, entendiéndose a sí misma como una verdadera familia de Dios, lo que implica la participación de todos en los bienes salvíficos y en las actividades eclesiales. Constatamos la admirable generosidad de incontables catequistas, y enormes esfuerzos catequéticos. Crecen las manifestaciones de la religiosidad popular. De este modo se puede observar el florecimiento de comunidades eclesiales de base. Son muchos los movimientos e itinerarios de formación, que difunden su riqueza carismática, educativa y evangelizadora. Una invaluable riqueza la constituyen el testimonio y la acción solidaria y misionera de los laicos y las laicas.

78. La renovación litúrgica acentuó la dimensión celebrativa y festiva de la fe cristiana, completamente centrada en el misterio pascual. Su apertura al mundo, la cultura y la historia, en la línea del Concilio Vaticano II y de las Conferencias Generales anteriores, vuelve a la Iglesia más cercana y dialogante con la realidad donde está inserta. La preocupación por el ser humano, tan fuerte en nuestra cultura, se convierte también en una preocupación fundamental de la Iglesia. Por todos estos bienes queremos agradecer al Espíritu de Dios que derramó abundantemente sus dones sobre la Iglesia en América Latina y el Caribe.

4.3 Deficiencias por corregir

79. Toda transformación histórica consistente se realiza lenta y gradualmente, y la Iglesia no es una excepción. La eclesiología conciliar sin duda renovó la vida eclesial, pero todavía debe seguir interpelándonos. Aquí pesan no sólo los lastres socioculturales, sino sobre todo la realidad del pecado en nosotros sus miembros, que exige sincero arrepentimiento y conversión personal, como también posturas más evangélicas. Sólo así nuestras deficiencias y errores podrán ser perdonados y corregidos. Nos referimos, para mencionar algunos, al clericalismo, a los intentos de volver al pasado, a lecturas y aplicaciones secularizadas de la renovación conciliar, a la ausencia de autocrítica, de una auténtica obediencia y de ejercicio evangélico de la autoridad, a los moralismos que debilitan la centralidad de Jesucristo, a las infidelidades a la doctrina y a la comunión, a las debilidades de nuestra opción preferencial por los pobres, a la discriminación de tantas mujeres y grupos humanos, al escaso acompañamiento dado a los laicos en tareas de servicio público, a una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, a un énfasis en los sacramentos descuidando otras tareas pastorales, a una espiritualidad individualista, a cierta lentitud en el compromiso con la democracia, a la falta de aplicación creativa del rico patrimonio que constituye la Doctrina social de la Iglesia, a la persistencia de lenguajes poco significativos para la cultura actual y que -en ocasiones- parecieran no tener en cuenta el carácter pluralista de la sociedad y la cultura. Debemos pedir perdón por habernos apartado del Evangelio, que pide un estilo de vida más fiel a la verdad y a la caridad, más sencillo, austero y solidario, como también valentía, persistencia y docilidad a la gracia para proseguir la renovación iniciada por el Concilio Vaticano II.

Conclusión

80. Nuestra mirada creyente sobre la realidad nos hace comprender que estamos aún lejos del proyecto de Dios sobre su creación. La vida de nuestros pueblos está amenazada por los cambios de este tiempo y por el arraigo de algunas actitudes y estructuras eclesiales que a veces no corresponden adecuadamente a la audacia evangelizadora que hoy se necesita.

81. Los miembros de la Iglesia necesitamos reaccionar, dejándonos interpelar por las voces de Dios que surgen de todos los rincones del Continente. En primer lugar, se impone un ejercicio continuo de discernimiento, que haga una interpretación profética y sapiencial de los signos contradictorios y promisorios que hoy vivimos. El amor a la verdad debe ocupar un lugar más importante en la vida, en nuestras opciones y en las tareas que asumimos. En segundo lugar, sobresale una apremiante exigencia de conversión individual y colectiva, que propicie cambios profundos dondequiera que sean necesarios y desencadene procesos audaces de renovación en una comunidad de discípulos en estado permanente de misión. Por último, se requiere forjar un estilo de Pueblo de Dios, más dado a la oración y al trabajo misionero, en el que la fidelidad creadora haga cambios evangélicos distinguiendo siempre lo esencial de aquello que no lo es (cf. Mt 13, 52).

82. En el siglo XX la vida de la Iglesia latinoamericana estuvo marcada por diversas tendencias a veces enfrentadas entre sí. Creemos que llegó la hora de crear, a través de un gran amor a la verdad y de una apertura fraterna y de un diálogo respetuoso, nuevas síntesis integradoras. Por ejemplo: entre evangelización y ‘sacramentalización’, entre testimonio y anuncio, entre anuncio y denuncia, entre pastoral popular y formación de laicos, entre opción preferencial por los pobres y atención a la clase media y a los grupos dirigentes, entre pastoral, espiritualidad y compromiso social, entre valores tradicionales y búsquedas actuales, entre liberación social y promoción de la fe, entre teología y praxis, entre culto y testimonio de vida, entre causas locales y nacionales y apertura a Latinoamérica y el mundo, entre identidad católica y apertura al diálogo con los diferentes. No se trata de debilitar o relativizar alguna de estas exigencias, sino de que la Persona de Jesucristo ilumine todas estas realidades y les permita una adecuada articulación.

83. Iluminar esta mirada, haciéndola creyente desde la centralidad de Jesucristo y la Eclesiología del Concilio Vaticano II, es garantía segura para acercarnos más a los objetivos primordiales de la V Conferencia: vivir un discipulado misionero capaz de engendrar vida “en abundancia” (Jn 10, 10) para los pueblos de estas tierras.

CAPÍTULO II

JESUCRISTO, FUENTE DE VIDA DIGNA Y PLENA

84. Hemos mirado brevemente la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, sus valores y sus límites, sus angustias y sus esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos, clamamos, luchamos y soñamos, permanecemos en gozosa esperanza. Jesús se hace presente para instaurar su Reino de verdad y de vida, de justicia y de paz, de amor, gracia y santidad. Por eso, ahora pondremos nuestra mirada en el Evangelio para contemplar a Jesucristo, recordando que la actividad de la Iglesia está al servicio de su Reino. En la conclusión, ofreceremos algunos criterios teológicos pastorales que iluminen la tarea misionera.

1. Jesucristo, vida nueva del Padre

85. Por su Hijo Jesús, el Padre hace presente todo su poder vivificante y liberador, de integración, reconciliación y misericordia, pues por él devuelve en plenitud impensable lo que el ser humano había dilapidado con su pecado. Restituye una vida humana capaz de acoger la misma vida de Dios, fuente de nuevas relaciones con los otros en justicia y amor, y con todo lo creado.

86. El criterio de discernimiento y valoración para todo creyente es la persona de Jesucristo, Verbo eterno de Dios, que existe desde el principio y por quien fueron hechas todas las cosas, y Palabra encarnada en el tiempo, en quien fue recreada la humanidad caída, para la cual Él es “el Camino, la Verdad, y la Vida” (Jn 14, 6), y a cuya luz resplandece todo “cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor”(Flp 4, 8). Su persona, sus palabras y sus acciones inauguraron en medio de nosotros el Reino de vida del Padre, que alcanzará su plenitud allí donde no habrá más “muerte, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido” (Ap 21, 1-5).

1.1 La vida es Jesús

1.1.1 El Dios de la vida se hace presente en Jesús de Nazaret

87. Llegado el tiempo oportuno, la Palabra del Padre se hizo uno de nosotros (cf. Ga 4, 4). En Galilea comenzó a proclamar que está llegando el Reino de su Padre, por lo que urge creer y convertirse (cf. Mc 1, 14-15). Mientras unos se admiraban y sorprendían por su enseñanza y sus acciones, otros buscaban la razón de su conducta (cf. 3, 21). Su fama crecía en la multitud que lo buscaba y acompañaba (cf. 1, 45). Las preguntas acerca del origen de sus palabras y obras no se hacían esperar: “¿De dónde le viene a éste todo esto?, ¿quién le ha dado esa sabiduría y capacidad de hacer milagros?” (6, 2-3).

88. Sin embargo, Jesús revelaba su identidad a quien, con corazón limpio, miraba fascinado su obra y escuchaba atento su enseñanza. Surgía así otro tipo de preguntas: si expulsa demonios y sana en nombre propio, ¿puede ser un demonio? (cf. Mc 3, 22-30), ¿no será el Mesías que trae el Reino de vida? El mismo Jesús confirmaba esta fe incipiente: “Si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11, 20) y también: “Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que él me encargó llevar a término” (Jn 5, 36; cf. RM 14). Cuando Jesús se aparta de las rígidas leyes de purificación, ¿no está revelando que el Dios del Reino es Padre de todos, que perdona a los pecadores, haciéndolos partícipes de su santidad? (cf. Lc 15). De nuevo Jesús confirmaba la incipiente fe de muchos: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 13), abriendo la experiencia humana a la universalidad del amor del Padre que no excluye a nadie y “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).

89.