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VEN ESPIRITU DIVINO Y UNIFICA A TU IGLESIA
Jn. 20, 19-23
Ven, Espíritu divino,
Manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido;
Luz que penetra las almas;
Fuente de mayor consuelo
Hoy celebramos Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua.
Los discípulos están en una casa con las puertas cerradas, tenían miedo de las autoridades judías. Tal vez nosotros también tenemos miedo.
Sin embargo el Espíritu del Resucitado les infunde discernimiento, alegría, poder de perdonar los pecados. El soplo del Espíritu de Jesús da una nueva vida a la Iglesia naciente.
El nuevo Israel se dejará guiar por el Espíritu, produciéndose un cambio sustancial en la vida de los discípulos. Les envía con una misión profética: Un fuego que enciende a la Iglesia. Una fuerza para reconocer el don de Dios en cada persona. Y para poner esos dones al servicio de la comunidad.
Los discípulos se sienten impulsados a comunicar la Buena Nueva de la vida, con alegría, con fe y esperanza. Jesús resucitado les ha dado una nueva fuerza. Les ha dado la Paz, el sholom que nace del amor, de la justicia y reconciliación. Y por eso les ha encomendado la misión de reconciliar, de unificar al hombre en sí mismo, con Dios, y con su entorno comunitario.
Allí junto a los once se encontraba María su Madre, esposa del Espíritu Santo. Ella ha encarnado la Palabra hecha vida. Ha guardado y contemplado la Palabra Viva. Ha llevado en las entrañas a su hijo amado. Lo ha criado y educado. Lo ha visto crecer como hombre. Ha estado al pie de la cruz. Ha sentido el dolor. Ahora siente el gozo del resucitado que de nuevo impulsa a esa comunidad de cristianos, de la cual se siente y es madre de todos los creyentes.
Hemos recibido un espíritu de fortaleza. Y el mundo en este día de la madre, se une a la Alegría de María, madre de todos los vivientes, para ponerse de pie y proclamr que “Nadie puede decir Jesús es el Señor, sino es movido por la acción del Espíritu Santo. Que es a esta Iglesia que el ama que le ha diversos ministerios y que somos un cuerpo. Esta Iglesia que tenemos amar para que cumpla su función profética defender el derecho a la vida, al trabajo, a la salud, al bienestar común. Porque los derechos de todo ser humano, son los derechos de Dios. (Fr. Héctor Herrera, o.p. 11.5.08)
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