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Mar Adentro Nº 5 – Agosto 2008

Vocación de los discípulos y misioneros a la Santidad

Por: Hna. María Pía Peña

Dios nos llama a participar de su vida y de su gloria. El llamamiento que hace Jesús, el Maestro conlleva una gran novedad, en la convivencia cotidiana, con Jesús. Los discípulos pronto descubren dos cosas del todo originales: No fueron ellos lo que escogieron a su Maestro y ellos no fueron convocados par algo, sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su persona “amigo” “hermano”, participa de la vida del Resucitado.

Como discípulos y misioneros, estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y fidelidad. La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano, hacerse prójimo con los más pobres
.
Su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, es un SÍ que compromete radicalmente la libertad del discípulo “te seguiré adondequiera que vayas” (Lc.9,57) Nos alienta el testimonio de tantos misioneros y mártires de ayer y hoy.

Jesucristo inaugura en medio de nosotros el Reino de Vida del Padre, él permanece fiel a su Padre y a su voluntad, el misterio pascual de Jesús es el acto de obediencia y amor al Padre y de entrega por todo sus hermanos/as.

Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: “anunciar el evangelio el reino a todas las naciones”. Por esto; todo discípulo es misionero, cumplir este encargo no es una tarea opcional, si no parte integrante de su identidad cristina, porque es la extensión testimonial de ésta, incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana y la auténtica liberación cristiana.

El discipulo-misionero ha de ser un hombre, una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre con los pensamientos, sentimientos y actitudes del Buen Pastor que es apaz de dar la vida por las ovejas, con la lógica de Dios y no, la humana. Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad que lo lleva al corazón del mundo.

Jesús, al comienzo de su vida pública, después de su bautismo, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para prepararse a sus misión. Por la eficaz presencia de su Espíritu, Dios asegura hasta la parusía su propuesta de vida para hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, impulsando la transformación de la historia y su dinamismo en la instauración de su Reino: amor, justicia, paz y solidaridad.

En virtud del bautismo y la configuración con Jesucristo, somos llamados a ser discípulos misioneros de Jesucristo y entramos a la comunión trinitaria en la Iglesia, la cual tiene su cumbre en la Eucaristía.

 

 

 

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