Las viudas en la biblia PDF E-mail
REFLEXIONES compartidas - Hno. Hugo Cáceres Guinet (Mundo Mejor)

LAS VIUDAS EN LA BIBLIA Cuando encontramos una viuda en las páginas bíblicas debemos tener en cuenta que se trata de uno de los personajes más queridos de Dios: “El Señor arranca la casa del soberbio y planta los linderos de la viuda” (Pro 15,25).

Ellas, en el Mundo Antiguo, eran el símbolo de la dedicación a lo mejor de los valores religiosos de Israel; se dice de la viuda Ana: “Era de edad avanzada, casada en su juventud había vivido con su marido siete años, desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo noche y día con oraciones y ayunos” (Lc 2,36-37).

Pero además en una sociedad que desconocía la jubilación y el seguro social, las viudas estaban en completo desamparo, por lo tanto su confianza en Dios y en la misericordia de sus hijos eran sus únicos sustentos: “Dios grande, fuerte y terrible, no es parcial ni acepta soborno, hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al inmigrante, dándole pan y vestido” (De 10,7-18).

La viuda no recibía la herencia del marido, la herencia era depositada en manos del hijo mayor, en consecuencia la viuda - terminado el período de depen-dencia del marido - comenzaba una etapa de dependencia del hijo, con todas las consecuencias de postergación social que esto implica: vivir en casa del hijo, ser una mujer de segunda categoría, continuar trabajando para la esposa del hijo, etc.
Viudas ilustres de la Biblia son la mujer de Sarepta que, a pesar de su pobreza, alimentó y hospedó al profeta Elías (1 Re 17) y cuyo hijo fue devuelto a la vida; muy similar al caso que narra Lucas sobre la viuda de Naím, cuyo “único hijo” volvió a la vida por la misericordia de Jesús (Lc 7).
Para ilustrar la perseverancia en la oración, Jesús recurrió a la imagen de una viuda insistente que incomodó al juez inicuo para que le hiciera justicia (Lc 18,3-8) tal como las viudas peruanas que con las fotografía de sus maridos desaparecidos nos recuerdan insistentemente la etapa de nuestra historia reciente.

La más memorable de todas fue la viuda a quien Jesús puso como perfecto ejemplo del discípulo cristiano, aquel que da todo lo que tiene por pobre que sea: “Llegó una viuda pobre y echó unas moneditas de muy poco valor. Jesús llamó a los discípulos y les dijo: Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos los demás. Pues todos han dado de lo que les sobra; pero ésta, en su pobreza, ha dado cuanto tenía para vivir” (Mr 12,42-44).

La iglesia primitiva continuó con la tradición misericordiosa de Israel de atender a las viudas como un deber religioso.
Las comunidades cristianas debieron proveer el sustento a las viudas y se establecieron listas de las beneficiadas: “En la lista de las viudas debe estar sólo la que haya cumplido sesenta años, que haya sido fiel a su marido, que sea conocida por sus buenas obras: por haber criado a sus hijos, por haber sido hospitalaria, lavado los pies a los consagrados, socorrido a los necesitados, por haber practicado toda clase de obras buenas” (1Ti 5,9-10).

Esta obligación social fue tan esencial para la definición de lo que ser cristiano significaba que el sensato apóstol Santiago la representó en  esta simple ecuación: “Una religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre consiste en cuidar de huérfanos y viudas en su necesidad y en no dejarse contaminar por el mundo” (Sant 1,27).

 

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