CEAS envía mensaje a las personas privadas de su libertad PDF Imprimir E-mail

LA COMISIÓN EPISCOPAL DE ACCIÓN SOCIAL - CEAS envió un mensaje con ocasión de celebrarse hoy, 16 de julio en la Festividad de la Virgen del Carmen, el Día de la Persona Encarcelada. Como se conoce, la Iglesia Católica, a través de sus áreas pastorales y, en particular, la pastoral penitenciaria en las diversas jurisdicciones eclesiástica del país, se acerca a los excluidos y privados de su libertad para llevarles un mensaje de amor, esperanza y defensa por la vida de manera íntegra.

Las condiciones en que viven las personas encarceladas en el Perú son contrarias a su dignidad de personas, dignidad que no debe perderse por ninguna circunstancia en la vida, pues nos pertenece por ser hijos e hijas de Dios.

Estas situaciones se dan porque las cárceles a lo largo del tiempo se han ido convirtiendo en depósitos de seres humanos y escuelas del crimen. La cárcel como tal no rehabilita, siendo una de las razones más graves la sobrepoblación existente.


La cárcel es un lugar que excluye, porque por su realidad actual ocasiona que existan dentro de ella grupos vulnerables y excluidos: enfermos de VIH y TB, adultos mayores, mujeres con hijos, enfermos psiquiátricos, jóvenes primarios,… que necesitan una urgente atención acorde con su realidad.

Es necesario también prestar atención al personal penitenciario que muchas veces es el primero en ver sus derechos laborales vulnerados, con remuneraciones mínimas, con poca capacitación para llevar adelante un trabajo tan delicado y, por lo tanto, es muy difícil que se puedan brindar un servicio de calidad.

“Acuérdense de los presos como si ustedes estuvieran presos con ellos” (Hebreos 13, 3) es una verdadera exigencia que clama al cielo y tiene muchos testimonios en la solidaridad que viven muchos encarcelados entre ellos y ellas y estamos llamados a vivirla quienes creemos en el Dios de la Vida.

 Como Iglesia, nos sentimos comprometidos en la humanización del sistema penitenciario. Escuchar el clamor de tanta gente que sufre, transmitir que es posible tener otro tipo de relaciones humanas, donde exista la confianza, la solidaridad, la preocupación por el otro. Como Iglesia, estamos llamados a ser signos de una fraternidad que es posible y palpable.

Como sociedad en su conjunto, necesitamos seguir aportando a la eficacia del sistema penitenciario para que contribuya a la humanización de la realidad de las personas que se encuentran recluidas en los penales y que sea impulsor de sus procesos de inclusión.

 

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