| Las ofrenda de pan y vino en la Eucaristía |
|
|
| REFLEXIONES compartidas - DISCÍPULOS Y MISIONEROS (P. Matías Sebienaller) |
|
El pan y el vino en cada misa tienen y son un mensaje. Hay que dejarles hablar. Su significación natural nos ayuda a acoger con asombro el Pan de Vida y la Bebida de Salvación. ¿Qué nos dicen las ofrendas de pan y vino? 1. Vienen de lejos. En las ofrendas de pan y vino pulsa la historia del universo. En ellas la creación ha alcanzado un momento estelar. Por el pan y el vino entramos en comunión de vida con la tierra, el sol, el agua y el aire; comulgamos con la naturaleza que nos envuelve y cobija maternalmente. Vivimos gracias a los frutos de la tierra. 2. El pan y el vino de la misa son dones dignificados por el trabajo de muchísima gente. En esta larga cadena de trabajadores y trabajadoras por el pan de cada día la gente humilde ocupa un sitial privilegiado. El pan y el vino de la misa pertenecen más a ellos que a otros. ¡Contempla con detenimiento estos dones! En ellos están objetivados el esfuerzo, el sudor, el cansancio, la creatividad, la alegría y la solidaridad de las personas que te han dado la vida y que te mantienen con vida.
Estas comidas generalmente se deben a una iniciativa de convidar. Lo propio del convite consiste en compartir donando. El que da, hace posible el recibir y el que recibe, hace posible el don ¡Cómo no intuir incoado en la comida humana el misterio de la Eucaristía y de la Iglesia! 4. Los dones de pan y vino contienen también el drama, tal vez más crucial, de la convivencia humana. No nos neguemos hacer de las ofrendas de la misa una lectura política y ética. En cada pedazo de pan late el hambre de muchos y el vino refleja la tristeza de los muchos no invitados a la cena para todos. Sí, ¡escucha el mandato del Señor durante una catequesis sobre la Eucaristía: “Denles ustedes de comer”!
Las comidas de Jesús histórico encuentran su culminación en la Eucaristía. “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo”. (Por: Matías Sebienaller , pag. 3 Mar Adentro)
|
Comentarios
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.